Es un recuerdo, no una lista de ingredientes.
Cuando describimos un café con notas de caramelo, limón o frutos secos, hablamos de aromas y sabores que pueden recordarnos a esas cosas. No significa que se hayan añadido a la bolsa.
Cada persona prueba una historia distinta.
Lo que percibes depende del café, de cómo lo preparas y de tus propias referencias. A alguien le puede recordar a una galleta y a otra persona, simplemente, resultarle dulce. Las dos experiencias pueden tener sentido.
No hace falta acertar.
Las notas sirven para orientar y comparar. No son una contraseña para entrar en el mundo del café. Empieza por lo que notas: dulce, fresco, amargo, ligero o con cuerpo. Ya irás encontrando tus palabras.
Primero se prueba. Después se habla.
Deja que la taza se enfríe un poco y vuelve a probarla. Quizá encuentres algo distinto. La idea es disfrutar el proceso, no convertir cada desayuno en un examen.

